¿Cómo influye la naturaleza en el cerebro?

Para las personas que viven alejadas de las grandes urbes, no es un secreto que la naturaleza ejerce una poderosa influencia en su salud, tanto física como mental. Cuando hablas con gente que vive en núcleos urbanos pequeños, o en entornos rurales, no es extraño que te comenten lo mucho que se estresan cuando ponen un pie en la gran ciudad. A veces, los urbanitas no entendemos de qué hablan, ya que acostumbrados al ajetreo incesante y el constante bombardeo de estímulos de todo tipo (auditivos, visuales, sociales…) no nos damos cuenta de cómo nuestro entorno puede llegar a estresarnos e influir en nuestro bienestar. Las ventajas que supone vivir en una gran ciudad son evidentes: acceso a servicios, transporte, cultura, trabajo… Sin embargo, también renunciamos a los beneficios que nos aporta la naturaleza. Hoy hablaremos de cómo la naturaleza influye en el cerebro y de cómo el ritmo frenético de las ciudades lo afecta.

Parece que el entorno puede afectar, y mucho, a nuestro cerebro. Vivir en la ciudad se ha relacionado con un aumento del riesgo de padecer ansiedad, depresión e incluso con enfermedades como la esquizofrenia. 

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¿Por qué vivir en la ciudad afecta negativamente a nuestro cerebro?

La respuesta es sencilla: el estrés. En las ciudades padecemos mayores niveles de estrés. Sabemos que el estrés crónico provoca cambios en el cerebro: altera los circuitos relacionados con el placer y la recompensa; y  los relacionados con los procesos de memoria, atención y aprendizaje. Estos cambios cerebrales hacen que dejemos de disfrutar con las cosas que solíamos hacer y puede ser una de las razones que expliquen porque las ciudades se han relacionado con trastornos como la depresión y la ansiedad.

Parece que vivir en las ciudades es ideal para padecer de estrés crónico. Por un lado, el entorno es más estresante: el ruido del tráfico, el sonido de la música que sale de las tiendas, las luces de los semáforos, de los escaparates, de los coches, de las farolas… Por otro lado, además, tenemos mayor estrés social: tenemos que lidiar con más personas a lo largo del día. Por ejemplo, tenemos que interactuar con más gente en el trabajo, en el supermercado cuando vamos a comprar, cuando caminamos por la calle y nos tropezamos con la gente, las obligaciones con familiares y amigos…

Todo este ir y venir de estímulos, hace que en las ciudades estemos hipervigilantes a todo lo que pasa, atentos a lo que pueda salir mal. Nos guste o no, el goteo incesante de estímulos hace que los urbanitas vivamos bajo unas condiciones de estrés más elevadas que aquellos que viven en entornos más tranquilos y rodeados de naturaleza. Por simple estadística es fácil que algo falle y que, por tanto, nos tengamos que enfrentar a una situación estresante. Quizás nos enfademos con nuestro compañero de trabajo por una opinión divergente, o tengamos prisa por llegar a algún sitio y nos molesten todos esos turistas que caminan tan lento. Quizás el tráfico nos hace llegar tarde a una reunión y perdemos una buena comisión. Las posibilidades son infinitas.

De hecho, en un  estudio, publicado por la revista Nature, asociaron el estrés social (provocado por vivir o crecer en la ciudad) con un incremento en la actividad de la amígdala, una estructura cerebral ligada al procesamiento de las emociones y del estrés, y en la activación del área perigenual del cingulado anterior, que regula el funcionamiento de la amígdala.

¿Cómo influye la naturaleza en el cerebro?

Algunos investigadores aseguran que vivir lejos de la naturaleza acelera el envejecimiento, y que los espacios verdes actúan como una especie de amortiguador de los efectos negativos del estrés en nuestra salud. Varios estudios han correlacionado el hecho de estar en la naturaleza con una mayor vitalidad percibida y mejor salud mental. Los investigadores de la Universidad de la Escuela de Medicina de Exeter analizaron a más de 10000 habitantes de la ciudad y comprobaron que los que vivían cerca de espacios verdes  tenían menos problemas mentales (ansiedad, depresión…) que los que no. Otro estudio en Holanda observó que las personas que vivían a menos de 800 metros de parques tenían menor incidencia en enfermedades como la ansiedad, depresión, migrañas, enfermedades cardiovasculares, asma… En 2015, un grupo de investigadores analizaron a más de 31000 residentes de Toronto y vieron que aquellos que vivían en barrios con muchos árboles, tenían una mejor salud cardíaca y metabólica.

Pero, ¿qué es lo que hace que vivir cerca de parques o espacios verdes mejore nuestra salud física y mental? ¿por qué nos sentimos mejor en la naturaleza? ¿es el aire fresco? ¿o es que al vivir cerca de parques estamos más motivados a la hora de hacer ejercicio? ¿el color verde o las formas de los árboles y las plantas ejerce un efecto positivo en nuestro córtex visual? ¿o es quizás el olor?

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La naturaleza baja los niveles de estrés

Parece que la respuesta, de nuevo, está relacionada con el estrés. La naturaleza baja los niveles de estrés en el organismo. Algunos trabajos con neuroimagen observaron que las personas que daban un paseo en medio de la naturaleza presentaban una disminución del flujo en la corteza prefrontal subgenual, mientras que en las personas que paseaban por la ciudad no se observaban estos cambios. Este área está asociada con la rumiación depresiva, es decir, con el hecho de tener pensamientos repetitivos recurrentes, y con las emociones negativa. Lo que parece indicarnos que salir a pasear por el bosque podría ayudarnos con este síntoma tan característico de la depresión. Además otros estudios, han demostrado que pasear por el bosque disminuye los niveles de cortisol en sangre, la presión sanguínea y el ritmo cardíaco, lo que se traduce en menos estrés y un mayor bienestar.

La naturaleza mejora la atención y la resolución de problemas.

La naturaleza no solo baja nuestros niveles de estrés, sino que también permite que nuestro cerebro descanse y se recupere del ajetreo diario y del sinfín de estímulos que recibe en las ciudades. En un trabajo del Dr. Kaplan de la Universidad de Michigan, observaron que caminar por el bosque durante 50 minutos mejoraba las habilidades ejecutivas y la capacidad atencional. Él cree que son los elementos visuales de la naturaleza (los atardeceres, las flores, las mariposas, los riachuelos…), los que nos permiten relajarnos de la “irritación nerviosa” que provoca la ciudad.

La naturaleza nos hace más amables

Parece que la naturaleza no solo nos influye cognitivamente sino también emocionalmente. Investigadores coreanos observaron que cuando la gente observaba fotografías del campo o de la naturaleza se les activaban áreas cerebrales relacionadas con el altruismo y la empatía ( el cingulado anterior y la insula), mientras que cuando veían imágenes de la ciudad, se activaba la amígdala, una estructura cerebral que controla el miedo, la ansiedad y que regula el estrés. Aunque no sepamos exactamente porqué parece claro que la naturaleza no solo nos calma y relaja sino que también nos hace más amables, más humanos.

¿Por qué la naturaleza influye en nuestro cerebro?

 

Existen algunas teorías evolutivas que explican porqué la naturaleza influye de esta manera en nuestro cerebro. Son muchos los investigadores que creen que nuestro cerebro se relaja en la naturaleza porque es de donde venimos. Evolutivamente, estamos diseñados para interpretar las señales de la naturaleza: lo que nos dicen las plantas, los ríos y los animales. Estamos hechos para vivir en medio de la naturaleza. Para entender todas las señales que nos da la madre tierra, no lo que nos dice el tráfico, el ruido de los coches ni las incesantes luces de la ciudad. En cierta manera, vivimos contra-natura, por lo que nos estresamos más. Cuando salimos al campo, volvemos a reunirnos con lo que somos, y esto nos relaja.

¿Qué podemos hacer para tener los beneficios de la naturaleza si vivimos en la ciudad? 

  • Planea algún fin de semana en una casa rural en medio del campo.
  • Sal a caminar por las montañas algún fin de semana.
  • Si no puedes salir de la ciudad, siempre podrás acercarte a un parque y pasear durante 20-30 minutos, o simplemente estar, sin música, sin acompañantes, conectándonos con nosotros mismos.
  • Monta tu propio jardín en casa: llénala de plantas y crea tu propio espacio verde indoors.